“Que fácil es el olvido,
es decir, tu olvido.
Sacarte de los lugares fáciles y amables,
colocarte en la mitad de la arena y soplar con fuerza.
Que fácil es olvidarte,
qué trágico y hermoso es dejar de acordarme,
borrar el rastro que dejaba tu amor cuando se
alzaba,
limpio, sobre mi, y me golpeaba el pecho sin
asombro.
Qué fácil este olvido nuestro,
qué sencillo es verte y no sentir urgencia, oirte y no escuchar el mar, leerte y no creerme nada,
tenerte delante y mirar hacia otro lugar.
Qué fácil mi olvido,
que suerte tener tanto dolor a mi alcance
que no me permita ver otra cosa de ti
que no sea la furia, los rincones, los asaltos.
Qué fácil es no taparme ya los ojos con tus manos.
Y qué difícil, en cambio, haber llegado hasta aquí, haber dejado en el camino ese amor tan poderoso, tan incontestablemente definitivo, tan escandalosamente incierto,
haber perdido tantos trozos de mi cuerpo,
que difícil esta cura tan perseguida, tan trabajada, que difícil aprender a verte sin amor y sin saber, reconocer que lo único que podemos hacer es admitir el dolor, hacerle un hueco, dejar que pase
y usarlo cuando la vida apremie.
Que difícil fue tu daño, amor,
que grande y complicado, qué largo y qué cruel,
pero qué fácil, que hermosamente fácil,
es olvidarte.”
Elvira Sastre
“¿Viste cómo llueve?
Llovió así toda la noche
y a cada cierto tiempo yo te hablaba, estuvieras donde estuvieras,
aunque fuera en el extremo más inalcanzable
de la tierra.
Cuando llueve así, toda la noche, te decía
pareciera que el mundo fuera a desprenderse de su eje,
pero la sorpresa más inmensa es que el vendaval termina
y todo permanece como estaba, apenas un poco de desorden
que lentamente se transforma en armonía.
Desde niños, vivimos sobreviviendo a catástrofes como ésa,
a los efectos de lo que tendría que haber pasado y no pasó:
que la casa se inunde y nuestras cosas se pierdan
arrastradas por la marea sucia, entre piedras y palos
y restos de animales, un desperdicio más lo que hasta entonces
ha sido nuestra historia, los objetos
que confirman que somos seres físicos y no un soplo
filtrándose desde afuera de esa vida brutal de la materia
que no se detiene jamás para incluirnos.
¿Soñaste alguna vez,
cuando llega la violencia del aguacero,
con que el río se salga de su cauce para siempre y nos empuje,
soñaste con la noche en que el rayo finalmente nos alcance,
descalzos bajo la luz, como esperando saber algo
que sólo el impacto de una fuerza sobre el cuerpo podría revelarnos?
Pero el rayo no cae, no cayó
y al día siguiente todo sigue a salvo en el mismo lugar.
Ese es el mayor desastre que conozco: haber estado al borde,
una noche, de que nos fuera concedida una verdad extraordinaria, y al amanecer darnos cuenta
de que somos los mismos y no sabemos nada.”
Claudia Masin
Me pregunto si lo pensas, si tenes dudas, si cerras la canilla con la mano izquierda y pensas en mi. Me pregunto en ese giro si te acordas de nosotras antes del temblor, si te acordas de besarnos antes de dormir. Me pregunto si entra el sol en tu ventana y si ya sentis que a ese lugar podes llamarlo hogar. Me pregunto casi con certeza me respondo que estás feliz, que estás aliviada, que no hay nada que verificar. Me pregunto si alguna vez te encontras con fotos nuestras, si te acordas de las luchitas, de los viajes. Me pregunto si te acordas del día que lloviendo me subí a tu auto cuando me fuiste a buscar al laburo, era verano y teníamos todavía mucho miedo. Me pregunto todas las clases que te distraen, todxs lxs amigxs que te salvan del tedio. Me pregunto si este silencio te hace sentir una extraña. Me pregunto si bailas, si tu gata sigue durmiendo con vos. Me pregunto si haberte contado cómo se murió mi abuelo de alguna forma me acercó hasta vos. Me pregunto si te da vergüenza como a mi haber compartido la intimidad. Me pregunto por tu cama ese Noviembre, por tu olor ese Noviembre, por tu cuerpo ese Noviembre. A veces me pregunto y no encuentro la respuesta, a veces me pregunto y me respondo con alegria que estás bien, que siempre fuiste libre sin mi.